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Querida
latina: no te dejes engañar con el haka.
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Al principio es probable que una latina
recién llegada al país de los kiwis no lo note, porque en Nueva
Zelanda hay tantos jóvenes extrajeros estudiando y trabajando con
visas working holiday, que no le va a faltar quien le arrastre el
ala. Europeos hay a patadas. También latinos -de los que tratamos de
alejarnos haciéndonos las diosas y siempre volvemos porque nos la
hacen simple: compartimos los mismos códigos y el sentido del humor.
Están los árabes e indios -si estás en esos días que te sentís
horrible salí a un boliche lleno que en seguida te van a tratar de
levantar... la autoestima. Están también los asiáticos, pero esos
hablan un inglés muy distinto al que nos enseñaron a nosotros en el
colegio, así que es probable que el diálogo no pase las 4 frases.
Pero si viniste a Nueva Zelanda con
ganas de conocer kiwis: olvidate! El hombre kiwi es cagón. Es
amarrete con los elogios (“You look really nice today” es su
comodín) por eso cualquier rioplatense acá la levanta en pala. El
kiwi no se “carga” minas. Si crees que van a venir moviendo un
poco las caderas -cosa difícil porque la música de acá incita más
al salto desenfrenado que al moviento sexy- probablemente te canses más que
después de una clase de zumba. Si pensás que la mirada matadora que
tenés estudiada desde que entraste al secundario es un pasaporte a
que se acerque a invitarte un trago, ya te dije: olvidate. Puede que
te empieces a sentir fea -los kilos que la mayoría de las latinas
metemos en Nueva Zelanda contrubuyen- pero para que te sientas mejor
te cuento que ellos se mueren por nuestras caderas. Las kiwis en
general son altas, grandotas y bastante rectas. “No hay culos ni
tetas como las de las latinas” me confesó uno. “Acá si hablás
de una latina en lo primero que pensamos es en curvas”. Entonces,
querida amiga, te voy a contar para que no te deprimas antes de
descubrirlo por vos misma: son cagones. Tanto que si alguno es tan
valiente como para encarar él, obviamente no va a ser un arrebato
pasional sino que antes te va a preguntar: “May I kiss you?
Un kiwi me explicó: si yo me acerco a
una chica, ¿como se si ella está interesada? “¿Me estás
jodiendo?” Le dije. “¿Estamos todos locos?”. Una viene de
países machistas, donde si sos vos la que encarás te podés quedar
con el miedo de que el otro haya dicho que si porque la vio fácil,
no porque realmente tuviera ganas. Porque al hombre latino -la
mayoría, tampoco hay que generalizar- le gusta pelearla, le gusta la
chica trofeo, la histérica, la que dice que no varias veces antes
que decir que si. Obvio, casi toda chica tiene algún muerto en el
placard y puede que alguna vez haya llevado la voz sonante... pero en
general de forma discreta y más como escepción que como regla.
Y resulta que el hombre kiwi es todo lo
contrario. Mientras como unas insulsas salimos con el jean y la
musculosita, acá las mujeres se ponen sus minivestidos brillantes
superajustados sin sentirse ningunas atorrantas, se les acercan ellas
a charlar a los chicos y menos trolas se sienten. Lo cual está
perfecto en pleno siglo XXI, pero si vos sos latina, educada a la
antigua (aunque te la des de loca por estar de working holiday en
NZ), tenés todas las de perder. (Al revés que los hombres: como les
dije, los latinos levantan toneladas porque las mujeres locales no
están acostumbradas a que las piropeen).
Por mucho tiempo pensé que este era un
problema mío, hasta que lo compartí con amigas -latinas, kiwis y
asiáticas- y todas opinaron lo mismo: que los kiwis son cagones. (“I
just think kiwi-boys are chickens”, opinó una asiática idéntica
a Lucy Lou) Lo hablé con chicos (kiwis) y se pusieron a pensar...
para darse cuenta que todas sus novias los habían encarado ellas. Lo
hablé con hombres latinos y me dijeron... que a las kiwis les decían
cualquier pavada y se ponían contentas, proque no estaban
acostumbradas a que les dijeran cosas lindas. (Aunque ojo: los
latinos acá tienen fama de mujeriegos, las kiwis tampoco confían
mucho en ellos y dicen además que son muy acelerados... claro porque
un kiwi puede ser tu amigo nueve meses antes de darte un beso!)
Aunque ojo, levantarse un kiwi tampoco
no es imposible y cuando lo tenés, para algunas es como sacar la
lotería. “Son los más compañeros y fieles del mundo”, opinó
una amiga argentina que hace poco rompió después de tres años. En
este caso fue el el que encaró... después de semanas dando vueltas.
Otra argentina, riéndose, me dijo: “vos sabés que ahora que me
pongo a pensar... a mi novio lo encaré yo!”.
O sea chicas que acá va la primera
lección: tener iniciativa. A mi misma me llevó cinco meses
aprenderlo. Un día hice “click” e invité a tomar algo a un
compañero de trabajo. Hoy llevamos cuatro meses saliendo juntos.
Obviamente a las semanas le pregunté: “si yo no te hubiera
invitado, ¿Vos en algún momento lo habrías hecho?”. Y como era
de esperar, contestó: “yo quería, pero no se, porque no estaba
seguro de si ibas a decir que si” (eso después de un mes de
miradas y sonrisitas donde la onda entre los dos era más que obvia).
Una, acostumbrado al hombre latino que te invita a salir por deporte,
no puede evitar seguir preguntándose: ¿Qué le pasa a los kiwis?
Pero una de las bases del viajero es adaptarse a las costumbres
locales, así que chicas, si vienen a este país, prepárense para
modernizarse y aprender a tomar la iniciativa. Vale la pena, doy fe.
